Si llevas semanas encontrando más cabello del habitual en la almohada, en el drenaje de la regadera o en el cepillo, probablemente ya buscaste "por qué se me cae tanto el cabello" más de una vez. Y es normal: la caída de cabello es uno de los motivos de consulta más frecuentes en dermatología, y también uno de los temas donde más información falsa circula en redes sociales.
Vamos a poner las cosas en orden.
¿Qué es realmente la alopecia?
La alopecia no es una sola enfermedad, es un término que agrupa distintos tipos de pérdida de cabello, cada uno con causas y tratamientos diferentes. Confundirlos es el primer error que lleva a la gente a probar remedios que no le corresponden a su caso.
Perder entre 50 y 100 cabellos al día es completamente normal; el cabello tiene ciclos de crecimiento y descanso, y cae para dar paso a uno nuevo. El problema empieza cuando esa caída se acelera, se nota más cuero cabelludo, o aparecen zonas específicas sin pelo.
Los tipos de alopecia más comunes
Alopecia androgenética. Es la más común, tanto en hombres como en mujeres. Tiene un componente genético y hormonal, y suele avanzar de forma gradual: entradas y coronilla en hombres, adelgazamiento general en la zona superior de la cabeza en mujeres.
Efluvio telógeno. Aquí el cabello se cae de forma más generalizada y repentina, normalmente entre 2 y 4 meses después de un evento que estresó al cuerpo: una fiebre alta, una cirugía, el parto, una dieta muy restrictiva, o un periodo de ansiedad intensa. La buena noticia es que suele ser reversible.
Alopecia areata. Es de origen autoinmune: el propio sistema inmunológico ataca los folículos pilosos y genera parches redondos sin cabello. Puede aparecer de un día para otro y, a diferencia de las anteriores, no siempre está ligada a la edad.
Alopecia cicatricial. Menos frecuente, pero más delicada: el folículo se destruye y es reemplazado por tejido cicatricial, por lo que la pérdida puede ser permanente si no se atiende a tiempo.
Qué la está causando (más allá de "el estrés")
Es fácil culpar solo al estrés, pero en la práctica clínica suelen combinarse varios factores:
Genética y antecedentes familiares
Cambios hormonales: tiroides, síndrome de ovario poliquístico, posparto, menopausia
Deficiencias nutricionales, sobre todo de hierro, zinc y vitamina D


